La temperatura iba evocando una noche de verano ya pasada. Los recuerdos me aturullaban en una cabeza colapsada por las ideas. Me sentía fuera de sí. En un cuerpo ajeno al mío. Mis pasos avanzaban solos hacia una dirección marcada por la rutina. La monotonía se hacía dueña de mi incrédulo caminar, mientras las gotas chispeantes del cielo refrescaban mi piel. El deseo de tener un simple bolígrafo en mano y un pequeño trozo de papel aumentaba por cada segundo que pasaba, dándome cuenta de que no poseía de tan preciados elementos, como lo son para aquel que necesita dibujar sentimientos en forma de letras.
Ansiaba escribir, aunque fuese solo una humilde frase. Era necesario en el estado en el que me sentía.
Podía escribirlo perfectamente en la pared, dando cabezazos hasta que la sangre de mis venas dibujase en ella todo lo que ahogaba mi mente. Pero decidí en escasos segundos que no fuese así. No por mí, si no por el resto.
Me sentía decadente y necesitaba expulsarlo de mí. Escupirlo en un papel, y después romperlo si fuese necesario. Arrugarlo y tirarlo a la mierda. Eso ya se vería. Por el momento quitármelo de encima, aunque me engañaba a mí misma. Era suficientemente consciente de que me perseguiría durante mucho tiempo.
Mi forma de escribir era descomunal. Parecía completamente poseída. La mala letra comenzó a adueñarse de mis letras. Mi nerviosismo me alteraba aún más.
Dudaba si encender un cigarrillo o seguir escribiendo. Pero era tan cobarde como para dejar de escribir. Por un momento pensé en tirar al suelo el papel.
El momento parece llegar, y lo hago.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario