El nudo en la garganta me ahoga, pero lo retengo, quiero ganarle la batalla.
Es difícil, pero me duele arrugar la cara, más me duele sentir y sufrir, llorar.
Estoy acostumbrándome. Supongo que es una nueva etapa, o simplemente una fase de la otra etapa en la que antes vivía, porque ahora muero.
Me derrumbo en mi soledad, me refugio en mis cigarrillos, o quizá en sus cenizas. Quién sabe a dónde llegaré. Quién sabe si desapareceré y nadie me echará de menos. A lo mejor esos momentos son los que se echan de menos, mis risas o mis tonterías. Algún día se echarán de menos. O algún día a lo mejor no.
¿Dónde quedarán? Pierdo batallas. No apuesto por ganarlas. Solo hice una apuesta en la vida, y ¿dónde está? En mis letras, en las palabras.
¿Qué hay del cigarrillo que encendí? Se consumió lentamente. Lo disfruté, eso sí. Algún día a lo mejor resurja de sus cenizas. Y ¿mientras? De nuevo me haré otro, pero esta vez de los que se fuman. Intentaré construir poco a poco mis pasos. Mi veleta da vueltas, pero no se detiene. No hay fuerzas ni para pararla. Me subiré de nuevo a mi tren, al de la soledad y me refugiaré en mis sueños. Dolorosamente, pero lo haré. No es que quiera, pero es que no me queda otra. Si no, me derrumbo y yo misma me entierro. No entraba en mis planes eso. Yo era alegre. Ahora soy una perdida que mira hacia atrás, buscando lo que fue. Intentando reconstruir su camino.
Pero ¿cual?