31 de enero de 2009


No te diré un adiós.
Te diré un hasta luego.
Me reencarnaré aún con la muerte
en mis talones y saldré a la luz,
buscándote, para volver a amarte
en otra vida.

Entonces dejaré de escribir
para refugiarme en tus letras.
En las que un día fueron mías.

Gracias



Perdí la vista en aquel lugar.
La verdad es que sentí algo muy raro.
Miedo. Soledad también, y mucha.
Algo que fue y ya no es.
Cenizas en los pensamientos.
Pero estaba allí esa persona. Fui por ella.
Y allí dejé lo poco de mí que podía dejar.
Una nota y mi recuerdo.
Fue un 21 de julio.

Vagabunda de mí


Pensé que era broma, pero te vi marchar. Aún así, pensé que retrocerías, que volverías con una sonrisa en la cara, pero mi hilo de esperanza cedió más, hasta caer, hasta yacer en el asfalto. Entonces me volví loca, una fuerza poseía mi cuerpo y mis pasos echaron a andar. Caminaban solos por las calles mojadas.

Mis pies se humedecían, mi piel se arrugaba. Cuando parece que sonrío, lloro.

La lluvia mojaba mi pelo. Las gotas acariciaban mi rostro, pero lo sentía como arañazos.
Y me veo entre el gentío. Sola. Con mi mano sosteniendo el vaso que desee estampar contra el suelo. Me lo enciendo. Un cigarrillo entre mis dedos. La llama calienta mi piel. Y en mi cabeza ideas que escribir. La mirada se me perdía entre las botellas de aquel bar, entre el humo del resto.
La hora. La miraba y los minutos parecían no pasar.
El aniversario de la muerte volaba por mi imaginación. Vuelvo a refugiar el vaso entre mis manos y con un leve movimiento lo acerco a mis labios. Su sabor era amargo. El cigarro se consumía más rápido que el tiempo y, a la vez, la idea de encenderme otro, de tener el entretenimiento de sostenerlo entre mis dedos. Qué larga es la noche.

Mis ganas de hacerte el amor se vieron frustradas.
No tuve más opción que ahogarlas en aquel vaso. Al fin me decido y me voy de aquel lugar, con una sonrisa inventada.
Mis pasos mojados arrastraban el peso de mi cuerpo. Vagabunda de la noche, de la soledad. Escondiéndome entre la tierra mojada, en la oscuridad del día que fue.

Letras de despedida

Una radio desconectada, un cigarro a medio consumir. El último día del año.
Colores mezclados, donde cogí el negro para escribir el nombre de esa ciudad en un ladrillo.
¿Dónde estás?
La lluvia moja las calles. El gris tiñe el cielo. Algunos pájaros volaban.
¿A dónde irían?
A lo mejor a la letra de esa canción, la que tarareaba yo al verlos. La canción que puede hacerme llorar.
Una chapa con esas letras, pdep.
Un beso. No tengo apenas fuerza para escribir.
Te recuerdo. Esta noche doce campanadas que me harán llorar. Lo se.
Con estas últimas letras despido el año. Solo deseo con más fuerza que este que viene estemos tú y yo. Solo tú y yo.
Te echo de menos.

28 de enero de 2009

Menina e Moça

Si mañana fuese mi último día de vida haría ese viaje. Ese tan esperado, algo planeado. No era un viaje, era una fuga, una huída.
Lo esperé con tantas ganas que nunca llegó. Mis ansias murieron en el intento. Si no llegó fue por algo. A lo mejor ese día que inventamos está por llegar, a lo mejor no. Si mañana supiese que sería el último día de mi particular viaje, entonces emprendería camino hacia esa huida. No vería ningún impedimento. ¿Qué obstáculo iba a ver en realizar ese sueño?
Ya no tendría otra vida para hacerlo realidad, así que por cualquier vieja carretera me perdería y dejaría que mi ilusión resurgiese de sus cenizas. Guardaría cada imagen como una fotografía en mi memoria, en el álbum de mis recuerdos, para llevarlas conmigo eternamente.
Solo algo echaría en falta: la vida que me fabricó esa ilusión, esa fuga.
Esperaría no tener que echarla de menos.
Espérame; espéranos.

25 de enero de 2009

Por mis venas corrían letras...

La temperatura iba evocando una noche de verano ya pasada. Los recuerdos me aturullaban en una cabeza colapsada por las ideas. Me sentía fuera de sí. En un cuerpo ajeno al mío. Mis pasos avanzaban solos hacia una dirección marcada por la rutina. La monotonía se hacía dueña de mi incrédulo caminar, mientras las gotas chispeantes del cielo refrescaban mi piel. El deseo de tener un simple bolígrafo en mano y un pequeño trozo de papel aumentaba por cada segundo que pasaba, dándome cuenta de que no poseía de tan preciados elementos, como lo son para aquel que necesita dibujar sentimientos en forma de letras.
Ansiaba escribir, aunque fuese solo una humilde frase. Era necesario en el estado en el que me sentía.
Podía escribirlo perfectamente en la pared, dando cabezazos hasta que la sangre de mis venas dibujase en ella todo lo que ahogaba mi mente. Pero decidí en escasos segundos que no fuese así. No por mí, si no por el resto.
Me sentía decadente y necesitaba expulsarlo de mí. Escupirlo en un papel, y después romperlo si fuese necesario. Arrugarlo y tirarlo a la mierda. Eso ya se vería. Por el momento quitármelo de encima, aunque me engañaba a mí misma. Era suficientemente consciente de que me perseguiría durante mucho tiempo.
Mi forma de escribir era descomunal. Parecía completamente poseída. La mala letra comenzó a adueñarse de mis letras. Mi nerviosismo me alteraba aún más.
Dudaba si encender un cigarrillo o seguir escribiendo. Pero era tan cobarde como para dejar de escribir. Por un momento pensé en tirar al suelo el papel.
El momento parece llegar, y lo hago.